El jueves fui a ver a la oncóloga. Era la primera vez que volvía a la Clínica P. desde el 13 de noviembre, cuando acabé con la quimioterapia. Me costó un cierto esfuerzo entrar por la misma puerta, que va a quedar asociada indeleblemente para mí a unas sesiones que son lo peor por lo que he pasado hasta ahora. Aun así, me sobrepuse, e incluso subí hasta la segunda planta, donde me ponían los sueros, para saludar a las enfermeras que tanto me mimaban mientras me quemaban las venas.
Respecto a la visita a la oncóloga, yo llevaba preparada toda una serie de preguntas, aunque la que empezó interrogando fue ella. Me gustó que lo primero que quisiera saber era cómo me encontraba de ánimo. Es un detalle pequeño de esos que te hacen pensar que no eres sólo un tumor, o una mama, o un síntoma, sino que eres una persona, también para tu médico. Después de examinarme el pecho, la axila, los ganglios y de auscultarme, me dejó preguntar.
Empecé por lo fácil. Me dijo que ya puedo empezar a hacer algún tipo de ejercicio físico, suavemente y con moderación. Le sugerí iniciarme en Pilates y le pareció bien. Para esfuerzos aeróbicos tendré que esperar un poco.
También le pareció bien que consultara a una endocrina para controlar mis hormonas y, si lo considero conveniente, mi peso, que es algo que me preocupa. No es sólo que ahora haya ganado un par de kilos, es que me da miedo continuar haciéndolo de forma regular. Creo que ha llegado el momento de hacer algo de dieta, con control médico, y la oncóloga no puso ningún reparo.
A lo que sí puso reparos es a que empezara a trabajar. Me recordó que lo que yo he tenido no es precisamente un resfriado y se mostró completamente contraria a darme el alta para incorporarme al instituto. Según ella, el hecho de que me vaya encontrando más fuerte cada día no significa ni que pueda resistir el estrés de un final de curso ni que sea conveniente para mi recuperación. Y si hasta ahora he intentado hacer todo lo que me han dicho los diferentes médicos que me han tratado, ahora no voy a cambiar. En definitiva, no volveré al instituto este curso. La agenda 2008-2009 va a estar en blanco para mí. Siento ciertos remordimientos, pero no voy a hacer ninguna tontería que me pueda perjudicar.
Hablamos también del Tamoxifeno, el tratamiento que estoy siguiendo para que mi cáncer, que es hormonodependiente, no encuentre qué comer en mis hormonas femeninas. A mí me produce bastantes efectos secundarios y por eso un día se me ocurrió leer el prospecto, para ver si era normal lo que me pasaba. Lo es. El problema es que uno de sus efectos secundarios, bastante común además, es el crecimiento del endometrio. Como yo he padecido endometriosis desde hace bastantes años, le pregunté a la oncóloga si no sería contraproducente que continuara con las pastillas. Se mostró bastante contrariada, no porque yo cuestionara su criterio, sino por no haberlo tenido en cuenta. Por ello, después de pensárselo durante un rato y de consultar el vademécum on-line, me dijo que dejara el Tamoxifeno y que consultara con mi ginecólogo, no sin antes haberse disculpado muchísimo. Me explicó que estaba tan preocupada por atacar el cáncer que se descuidó de lo otro, y que se sentía muy mal por no haberlo sopesado.
Al final salí de la consulta un poco disgustada, porque dejar las pastillas que ahora tomo supone empezar con algo nuevo que desconozco, y con un montón de volantes para hacerme un montón de pruebas (analíticas, rayos, ecografía, ecocardiograma…). Además, tengo que ir a ver a mi ginecólogo, al Hombre Que Nunca Sonríe, a la endocrina y al urólogo que me operó del riñón. Me espera un mes de tour turístico por las clínicas mallorquinas. Se me ocurren formas mejores de recibir la primavera, pero si hay que ir, se va. Y punto.
jueves, 5 de marzo de 2009
El alta del radiólogo
Antes de contar el motivo de mi ausencia del blog durante estos días (es decir, antes de explicar cómo me ha ido durante esta semana en Nueva York), tengo una cosa pendiente, pues el día antes de mi partida fui a ver al doctor V., el radiólogo que me ha seguido durante estos meses, quien estuvo tan encantador, eficiente y amable como en él es habitual.
Me gusta este tipo de médicos que es respetuoso con el paciente en una cosa tan básica como el tiempo. No sé por qué razón, pero hay doctores que piensan que sus horas son mucho más importantes que las tuyas, y te hacen esperar lo que no está escrito para despacharte luego en cinco minutos. Sé que muchas veces no es culpa suya; de hecho, los médicos de la Seguridad Social han hecho huelgas para poder dedicar a cada paciente la friolera cifra de diez minutos. Creo que ni eso han conseguido. Encima, de ese tiempo que deben dedicar a cada enfermo, más de la mitad se les va en rellenar papeles, así que, en ese tipo de casos no se puede hacer nada. A los que yo me refiero son a esos doctores que, en la sanidad privada, dan a tres pacientes la misma hora. Si no falla ninguno, los retrasos se van acumulando y como te toque una de las últimas te dan las uvas en la consulta. A mí, particularmente, me parece una falta de respeto. Como, además, nos sentimos tan desprotegidos cuando no estamos bien de salud, no nos atrevemos ni a elevar una pequeña queja, por aquello de a ver si no nos va a tratar luego como corresponde.
El caso es que el doctor V. no es en absoluto así. Procura ser más que puntual y, si te coge con diez minutos de retraso, es de los que piden disculpas. Después, está con cada paciente como si dispusiera de todo el tiempo del mundo. No es sólo que te mire y te escuche, es que hasta te anima a preguntar. Cuando entré el otro día, ya tenía preparado el informe que le tengo que llevar a la oncológa. Para mis alumnos estudiantes de Medicina y para todos aquellos a los que este tipo de cosas les diga algo, lo voy a transcribir:
"Paciente de 41 años de edad, diagnosticada de carcinoma ductal infiltrante de cuadrante súpero interno de la mama derecha, clasificada como pT1 N1 M0, tratada con cirugía conservadora seguida de quimioterapia y homonoterapia, que nos es remitida para completar el tratamiento local.
Tras la práctica de un T.C. de planificación y dosimetría 3D, el 15-XII-08 se inició el tratamiento sobre el volumen mamario, mediante fotones de 6 Mv y técnica de dos campos tangenciales, para administrar una dosis de 50 Gy, equivalente biológico, en 25 fracciones de 2 Gy al día.
A continuación, con electrones de 9 MeV y por un campo directo, hemos administrado un complemento de 10 Gy más sobre el lecho tumoral.
La tolerancia al tratamiento ha sido excelente, presentando al final del mismo una dermitis de grado I que ha recibido tratamiento tópico.
Ruego control evolutivo."
En resumen, que estoy de maravilla (atención al "excelente" del penúltimo párrafo) y que no me tiene que ver más, excepto que le quiera consultar algo o que mi oncóloga esté muy ocupada y me dé horas muy lejanas. En ese caso, me dijo que estará a mi disposición para lo que necesite.
Aproveché para preguntarle qué es lo que me harán a partir de ahora. Me respondió que las pruebas dependen de cada médico, que los hay muy puntillosos y amigos de muchas pruebas radiológicas, mientras que otros prefieren que pases por las máquinas de Rayos X lo menos posible, porque la radiación da cáncer. ¡Me lo podía haber dicho antes! (Es broma, claro. De sobra sé que lo que me cura también me puede enfermar, si no a ver por qué razón la sala donde te radian tiene unas paredes blindadas de metro y medio de espesor y una puerta más reforzada que la del Banco de España)
El alta del doctor V. es la primera de las que voy a ir acumulando durante estas semanas. Me quedan, como mínimo, otras tres: la de la oncóloga, la del doctor T. y la de mi ginecólogo. Va a ser una gozada graparlas todas juntas. Estoy por enmarcarlas y colgarlas de la pared como mi título más preciado.
domingo, 22 de febrero de 2009
Fuera de juego
Ya sé que va a parecer extraño después de haber pasado por las operaciones, la quimioterapia y la radioterapia, pero un simple y vulgar resfriado me ha dejado fuera de juego.
El domingo pasado fui al teatro al audiotórium de Sa Màniga y pasé tantísimo frío (no sé si no habían puesto la calefacción para ahorrar en tiempos de crisis o si alguien se equivocó de botón y le dio al del aire congelado) que ya salí de allí medio mala. El lunes el trancazo ya era considerable y, aprovechando que tenía que visitar al médico para que me diera la baja, hice que me mirara y le pregunté por mis defensas. La verdad es que no me aclaró mucho: me dijo que a estas alturas ya las tengo que haber recuperado. Respecto al tratamiento para el catarro ya se sabe que, con medicación o sin ella, son siete días para recuperarse. El doctor me mandó paracetamol y beber mucha agua. El problema es que, una semana después, no he mejorado nada. Ahora no sólo estoy congestionada: me duele la garganta y tengo un dolor de cabeza que, literalmente, hace que no vea. De hecho, he tenido que volver a las gafas, porque con las lentillas me sentía como Rompetechos.
Si estoy así ahora no me quiero ni imaginar lo que me hubiera pasado de haber cogido otro resfriado o la gripe durante la quimioterapia. No me extraña que me insistieran en evitar cualquier tipo de contagio. Sé que poco a poco me iré encontrando mejor cada día, aunque a veces tengo la impresión de que todo va tan lento que me desespero. La paciencia, definitivamente, no es mi virtud.
Hablando de paciencia, qué lento me parece que me crece el pelo de la cabeza. El otro día me vi fugazmente sin la prótesis capilar. Qué poco me gusté con el cabello tan corto. Además, me está saliendo rizado, más oscuro de lo que recordaba tenerlo, y con canas. Tengo que ir pensando en cómo voy a hacer la transición de la melena larga al pelo tipo garçon. Será igualito que cuando hice la primera comunión: un domingo llevaba una melena a media espalda, y al día siguiente me confundieron con un niño. Creo que el trauma no me lo va a quitar nadie. Estoy segura de que los que me aprecian me dirán que estoy estupenda, pero mentirán como bellacos. Yo se lo perdonaré y hasta se lo agradeceré. Parafraseando la cita peliculera, "decidme que estoy guapa, aunque sea mentira".
El resfriado no me va a impedir celebrar el fin del tratamiento my way. La próxima entrada que escriba será desde la ciudad que nunca duerme.
viernes, 13 de febrero de 2009
Fin de la radioterapia
No sé si se puede comparar lo que conlleva un cáncer con una vuelta ciclista de esas por etapas. Si es así, yo ya he superado una más: la de la radioterapia. No ha sido como subir al Tourmalet (eso se lo dejo a la quimioterapia); más bien, lo que he vivido últimamente ha sido como una de esas etapas rompepiernas: parece que no es nada, porque no hay cumbres que escalar ni elementos atmosféricos adversos que batir, pero al final estás tan agotado de subir y bajar pequeños repechos como si hubieras vivido una de las etapas reina de la carrera. Cuanto más pienso en el símil, más me gusta. ¡Si hasta he corrido dopada muchas veces!
Por concretar, ayer me pusieron la última sesión de radioterapia, la número treinta y dos. En el tratamiento estándar de casos como el mío, sólo son necesarias treinta. Como yo viví los problemas con la máquina al principio, me han tocado dos de regalo, para que no se diga que me privo de algo. De estas, veintisiete han sido en todo el pecho afectado; las últimas cinco, eran electrones (¡espero no equivocarme y que no sean protones! A veces ser de letras es un inconveniente) dirigidos sólo a la cicatriz, para asegurar.
El resultado de tanta sesión seguida es que tengo una mama frita, igualita que cuando fui a Formentera siendo jovencita e inconsciente y me cogí una insolación de aúpa. Lo único que me faltan son las ampollas que me salieron entonces. Es, además, una quemadura con los bordes perfectamente delimitados, bien rectos, señal de que la radiación no sale volando de forma difusa, sino que se concentra donde debe hacerlo.
Aparte de la quemadura, lo que tengo es un cansancio considerable, que ha ido en aumento cada día. Antes, yo pensaba que la gente exageraba, y que los que me decían que la radioterapia te dejaba agotado era porque no habían pasado por la quimio. Me disculpo ante todos ellos: la quimio mata, pero la radio muele. Y no sé si por ella o por el Tamoxifeno que me tengo que tomar, me duelen todos los huesos del cuerpo -con el mismo tipo de dolor que cuando estás incubando la gripe-, se me agarrotan algunos músculos y mi forma física general es deplorable.
En cambio, mi estado anímico va remontando. Ayer llevé cava y pasteles para celebrar que voy cumpliendo objetivos y para agradecer a M. y G., los enfermeros con los que he tratado habitualmente, lo amables, cariñosos y pacientes que han sido conmigo. Curiosamente, una chica con la que solía coincidir en la clínica, y que termina hoy el tratamiento, estaba llorosa, temiendo lo que iba a venir después. Yo, sin embargo, estaba eufórica. Lo que va a venir después no va a ser tan traumático como lo que ya he pasado y, esta vez sí, voy a confiar en los que me han dicho que, poco a poco, uno se va recuperando del cansancio y va volviendo a la actividad normal.
Ahora tengo que ir a ver al doctor V. -el radioterapeuta- dentro de dos semanas. Él me hará un informe, con el que tendré que ir a ver a la doctora G. -la oncóloga-, quien me mandará unas pruebas que después tendré que llevar a El Hombre Que Nunca Sonríe. Estoy convencida de que todo saldrá bien, así que después lo único que necesitaré serán las revisiones prescriptivas.
Obviamente, haber terminado esta parte del tratamiento requiere una celebración adecuada. Ya está pensada y reservada. Ah, it's a wonderful town!
martes, 3 de febrero de 2009
Divertimento
Después de un fin de semana bastante tenso (mi sobrinito pequeño ha sido operado; nada muy importante, pero angustia muchísimo ver a una cosita así con suero), para desdramatizar un poco voy a dejar que esbocéis una sonrisa viendo fotos mías con diversas pelucas.
No tiene nada que ver con la quimioterapia. Se trata de un ejercicio que hemos hecho en el Ciclo de Asesoría. Primero se trata de estudiar las características físicas de la futura clienta (tipo de óvalo, cejas, cuello...) y después se ha de tener en cuenta su personalidad. Con todo ello, se aconseja un corte de cabello, un color e incluso qué clase de recogidos se adaptarían mejor a ella. Cuando se ha teorizado a conciencia, si se tienen al alcance se empiezan a probar pelucas, que lo único que hacen es demostrar que las teorías muchas veces fallan.
En todo caso, me ha resultado interesante verme con esos cambios de imagen. Ahora tengo más claro lo que me convendría hacerme y lo que no cuando me vaya creciendo el pelo.


Hablando de cosas serias, hoy me ponen la última sesión de radioterapia en todo el pecho. Las otras cinco que me quedan ya son para la cicatriz. Pensaba que acabaría el martes próximo. No va a ser así porque este fin de semana la máquina necesita una parada técnica y el lunes y el martes siguientes no funcionará. Así que, si todo va como tiene que ir, el jueves 12 de febrero me toca fiesta grande.
