jueves, 27 de noviembre de 2008

Primer contacto con la radioterapia

Cuando digo primer contacto me refiero solamente a un contacto teórico, porque el martes tuve mi primera visita con el médico que me tiene que poner la radioterapia.

El doctor V. es del modelo supermilikito pero más. No es sólo dulcísimo en el trato, sino que es paciente y te trata como si tuviera todo el tiempo del mundo para explicarte en qué consiste el tratamiento y los posibles efectos secundarios. Además, es muy pedagógico a la hora de explicarse. Físicamente es como un abuelo de cuento, con el pelo y la barba blancos. Lo peor que me llamó fue “preciositat” y me trató tan bien que no puedo dejar de pensar en cómo he mejorado en ese sentido. El Hombre Que Nunca Sonríe no puede ser más seco en el trato; la doctora G. –mi oncóloga- es de trato muy agradable y el doctor V. es afectuoso en extremo. Está bien ir de menos a más. Por otra parte, resulta que tiene una casa en Pollença, adonde cuenta con retirarse, y tenemos conocidos comunes, de los que nos dedicamos a hablar distendidamente un rato. Ya digo: como si no tuviera ninguna prisa.

Después de estudiar el informe que me preparó la oncóloga, utilizó una expresión que yo misma he usado muchas veces durante estos días: “a partir de ahora todo es cuesta abajo”. Añadió que conmigo seguiría el tratamiento estándar en estos casos: primero me van a hacer un TAC para decidir exactamente dónde me van a radiar, después me tatuarán tres puntos que servirán de referencia a la hora de utilizar la máquina y a continuación tendré que ir durante treinta días hábiles hasta completar las treinta sesiones del tratamiento preceptivas. Me dejará descansar los días de fiesta y los fines de semana, con lo cual no acabaré con todo esto hasta seis semanas después de la primera sesión, contando a cinco por semana si la máquina no se estropea, que es algo, por lo que me contó, bastante común. No podré empezar con la radioterapia hasta después del día 13 de diciembre, cuando haga un mes de mi última quimio.Insistió en que no voy a notar absolutamente nada y en que todo esto me va a permitir hacer vida normal. “Vendrás conduciendo tu coche y te irás conduciéndolo igualmente”, concluyó.

Luego llegó el turno de mis dudas. Le pregunté algo tan básico como por qué es necesaria la radioterapia. Supuestamente la quimioterapia sirve para matar cualquier microcélula susceptible de reproducirse, así que no entendía por qué me tenían que radiar después. De forma clara, me explicó que un tal Fischer se dedicó a extirpar el pecho a todas las mujeres con cáncer de mama que trató. Con ello descubrió que el 30% de ellas tenían células cancerosas microscópicas, incluso en casos en los que el tumor tenía los bordes perfectamente respetados (como en mi caso). Resulta, por otra parte, que cuando se interviene quirúrgicamente a alguien, la zona operada tiene problemas de riego a causa de los cortes y por ello la quimioterapia no llega con la misma efectividad a esa parte, justamente la que más lo necesita. Por eso es necesaria la radioterapia, que alcanza lugares donde los sueros quizás no han penetrado con la contundencia deseable. En conclusión, es necesaria y complementaria. Aun así, me ofreció la posibilidad de no ponérmela si no quería y si prefería pensar que no tengo por qué estar en el 30%. En mi caso la estadística juega en contra, así que no me voy a arriesgar.

Si lo pienso, lo extraño es que, hasta ahora, ningún médico de los que me han tratado me había consultado explícitamente sobre si iba a seguir el tratamiento que me proponían. Todos han dado por hecho que lo haría. Alguien me preguntó el otro día si no había vivido todo esto como una pelea. Mi respuesta fue que mi sensación que he tenido es la de estar siendo llevada por una corriente. Sigues porque te arrastran, primero las pruebas diagnósticas, luego las intervenciones quirúrgicas y más tarde la quimioterapia y la radioterapia. Vas haciendo y te dejas llevar.

Desde abril, nunca había tenido un periodo tan largo sin ver a médicos como el de estas semanas. Voy a disfrutar de él tanto como pueda.

lunes, 24 de noviembre de 2008

Praga

Para hacer sólo una semana de mi última quimioterapia, en el viaje a Praga me he sentido sorprendentemente bien. Las otras veces que había salido de Mallorca había sido en la siguiente semana, justo antes de la siguiente dosis. Esta vez me arriesgué algo más, aunque tenía una especie de seguro adicional: me iba con Cati, que es una enfermera estupenda. Pensé que, si me ocurría algo, ella sabría qué pedir en una farmacia. Menos mal que no me pasó nada, porque me fui sin el informe de la doctora que me llevo a todas partes por si me pongo mal en algún momento y tengo que ir a urgencias a que me den algo.

Una de las cosas que más me preocupaban eran mis pies. Ha sido lo que peor he llevado durante estos meses, hasta el punto de que este verano no podía ponerme ni las sandalias más cómodas que tengo. He tenido los pies hinchadísimos, llenos de ampollas y me dolían hasta las uñas, de las que voy a perder cuatro irremediablemente. Con este panorama, tener que meterlos en mis botas de pelo por dentro, con las plantillas de lana, con calcetines gruesos y medias debajo me parecía una utopía. Está claro que si alguien va a Praga hay que patear la ciudad y si, además, se va en noviembre tiene que llevar calzado bien caliente. Pues bien, mis pies, que al fin y al cabo son parte de mí y por eso les debe de gustar tanto viajar, han decidido comportarse y después de un primer día de aclimatación (se me hincharon aún más a causa de los vuelos) se han portado como campeones y han caminado horas y horas con frío, con lluvia y, los dos últimos días, con mucha nieve.

Ha nevado mucho. El sábado, cuando nos despertamos, estaba empezando y, como no paró en todo el día, cuajó enseguida. Fue el día en que teníamos pensado ir hasta el Castillo de Praga y, al estar más elevado que la Ciudad Vieja, tuvimos unas vistas espectaculares. La nieve, para los que no tenemos que convivir con ella cotidianamente durante seis meses al año, le da a todo otra pátina. Además, hace a invierno. Y lo que yo digo es que, si hay que pasar frío, como mínimo que nieve, que es pintoresco.


No todo ha sido patear la ciudad, de la que no voy a citar lo que vi, porque es lo típico y tópico. Ha habido cultura vespertina, de menos a más. El jueves tocó teatro, el sábado concierto y el domingo ópera. Digo que fuimos de menos a más porque lo del jueves fue la decepción de mi vida. Ahora haré de Abuelo Cebolleta y contaré una anécdota de cuando era joven.

Recuerdo perfectamente la primera vez que fui al teatro. Antes había visto funciones escolares y de club d’esplai, pero la primera vez que fui al teatro de verdad fue con mi clase de 1º de BUP. Nos llevaron al Auditórium de Palma a ver El Teatro Negro de Praga. Yo salí absolutamente transformada de allí, pensando que aquello era lo que quería ver el resto de mi vida. Así que puedo fechar perfectamente mi afición por el hecho teatral. Se entenderá, entonces, que me hiciera tanta ilusión ver teatro negro justamente en Praga. Fuimos al teatro Image, que nos recomendaron en especial entre toda la oferta de ese tipo de representación que se ofrece en la capital checa –como una docena de recintos- y la cosa no pudo ser peor. Hubo mucha pantomima y poquísimo teatro negro. Pero es que la pantomima fue mala con avaricia (en mis clases de teatro no nos dejarían representar algo así ni en primero) y el teatro negro perdía constantemente su magia, al desvelar cuáles son los principios que permiten crear la ilusión. En fin, de pena. Quiero pensar que nos equivocamos de espectáculo y que hay teatro negro digno en Praga.

También para guiris fue el concierto en la iglesia, uno de tantos de los que se ofrecen por toda la ciudad, que se podrían calificar como “música clásica para principiantes”. Mucho mejor fue la ópera, en el Teatro Nacional. Vimos “Las Bodas de Fígaro” en un montaje más que digno y con unos cantantes de esos que hacen creíble su papel. Aunque no fue barato (60 euros la entrada), valió la pena. Después de todo, la ópera aquí es más cara.

Hoy me toca descanso relativo (voy a ir a clase esta tarde) y mañana tengo hora con el médico que me va a poner la radioterapia. Entraré en la tercera fase del tratamiento, que no me dejará moverme de la isla durante cinco semanas. No sé si me va a entrar claustrofobia…

viernes, 21 de noviembre de 2008

Y hoy Wally está en Praga

Ya avisé de que quería celebrar el fin de la quimioterapia a mi manera. Así que estoy en Praga desde ayer, jueves, y me voy a quedar hasta el domingo. Igual que muchos hombres a partir de cierta edad cambian a una mujer de cuarenta por dos de veinte, yo he cambiado el Gran Viaje de todos los veranos por tres más modestos; a saber, Berlín, Dublín y Praga. Ya sé que me tocaba otra ciudad acabada en ~ín, por aquello de la rima, pero Pekin no me apetece mucho y está demasiado lejos, incluso para mí (al final, ha rimado).

Nunca había estado en Praga. Me está pareciendo una ciudad magnífica. Hasta ahora tengo la impresión de que es una bombonera, preciosa por fuera aunque de escasa utilidad. A quién le importa, si hay tantos rincones para fotografiar y tantos edificios para admirar. Hay hordas y hordas de turistas italianos y españoles que han pensado lo mismo, y están invadiendo cada callejuela a pesar de que estemos fuera de temporada.

Los turistas somos de lo más valiente. Da igual que haga un fríoque pela. Si se ha llegado hasta aquí se pasea, caigan chuzos de punta o estemos a diez grados bajo cero. Hoy hasta nos ha caído una especie de aguanieve heladora. Menos mal que he venido equipada como para atravesar el Polo Norte, que si no a ver quién aguanta estas temperaturas.

Como viene siendo habitual, al volver a Mallorca retocaré esta entrada, para corregir todos los acentos pendientes, colgaré alguna fotografía y responderé a todos los comentarios que tengo por ahí pendientes.

martes, 18 de noviembre de 2008

¡Prueba superada!

Hace años, cuando sólo teníamos una cadena y media, había un programa de televisión en el que un sufrido concursante iba enfrentándose a diferentes pruebas por un plató mientras, al mismo tiempo, una voz de ultratumba le iba haciendo preguntas que debía responder. Entonces las pruebas parecían realmente sádicas por su dificultad y maquiavelismo, aunque viendo lo que vino después con el humor amarillo y demás hoy parecerían más propias de los teletubbies que de un concurso que se llamaba “Si lo sé, no vengo”. Cada vez que el participante culminaba uno de esos obstáculos con éxito se oía un “¡Prueba superada!”. Durante la quimioterapia me he repetido muchas veces ese “Si lo sé, no vengo” (como si hubiera tenido otra opción) y las primeras palabras que me vinieron a la mente después del fin de semana tras mi última sesión fueron, justamente: “¡prueba superada!”.

El martes después del último jueves con sueros puedo decir que ha pasado lo peor. Esta mañana ni siquiera he tomado nada de medicación. Lo único que me falta es una inyección de Granocyte. Si me hubiera hecho un poco más la remolona, la doctora me las habría perdonado esta vez. Se lo insinué solamente, y me recomendó continuar con ellas, ya que me habían ayudado a recuperarme rápidamente las otras veces. He preferido no arriesgarme a dejarlas, por si acaso.

Como he venido diciendo en los comentarios, esta vez ha sido tan fácil como la penúltima. El domingo estuve algo peor que el resto de los días, pero ayer salí ya a dar una vuelta. En realidad, fui a comprar un par de cosas que me hacían falta y otras que no necesitaba nada, pero no se puede ir a un centro comercial con el estómago vacío: se acaba comprando un montón de comida que en otras circunstancias no habría pasado por caja.

Ayer llamé a la Clínica M., donde me van a poner la radioterapia, y me querían dar hora para hoy mismo. Como no es cuestión de una semana más o menos, pedí que me la cambiaran para el próximo martes. Necesito descansar, aunque sólo sea mínimamente, del olor a hospital. No sé si le pasa a alguien más. Desde que en El Año el Desastre pasé por el quirófano unas cuantas veces he desarrollado una especie de rechazo visceral a cómo huele esa mezcla tan especial a lejía, desinfectante y medicamento. Al entrar en un recinto sanitario necesito unos segundos para respirar hondo y acostumbrarme. Los pies, sin embargo, me piden salir corriendo. Me pasa hasta cuando voy al oculista. No me queda más remedio que plantarme, entrar y sonreír, aunque poca gente sabe lo que me cuesta.

Un día escuché en la radio un programa en el que mujeres que habían padecido cáncer de mama reclamaban que el cannabis fuese considerado un tratamiento terapéutico para paliar los efectos de la quimioterapia. Una, que lo había utilizado de forma satisfactoria, explicaba que después no hay riesgo de adicción, porque el subconsciente asociaba el olor de la droga a la quimioterapia y rechazaba aquella radicalmente. A mí me está pasando lo mismo: el té frío, prácticamente lo único que bebía en verano, ahora no lo puedo ni ver y un gel y una loción para el cuerpo especiales para pacientes en tratamiento, que me vendieron donde el pelo, me echan para atrás. Sé que los voy a asociar a los sueros indefectiblemente. Si esa es la única secuela que me queda, lo firmo.

Por lo demás, todavía tengo las encías algo hinchadas, los pies como dos sobrasadas, la prótesis capilar fatal (el día del apagón me tocaba arreglo y al no haber luz no me la pudieron lavar y peinar comme il faut) y me noto algo cansada, pero estoy tan, tan contenta de haber acabado con esto que voy a celebrarlo a lo grande. Pronto cuento lo que tengo preparado. Mientras, voy a tomar prestadas las palabras que Almudena Grandes utilizó ayer en su artículo de El País para expresar algo de lo que siento: “Gracias a todos. A los conocidos y a los desconocidos. A los viejos amigos, a los amigos recientes y a los que están por venir. Gracias de corazón, por ser tantos, y por ser tanto”.

viernes, 14 de noviembre de 2008

13 de noviembre de 2008

Ayer tuve la última sesión de quimioterapia. Por cierto, fue para mí la fecha de un aniversario: hacía justo 10 años de mi nefrectomía. Me dio la sensación de cerrar un círculo: mi riñón derecho, mi ovario derecho, mi mama derecha. Otra curiosidad numérica más: empecé la quimio un 31 y la acabé un 13. Si fuera supersticiosa diría que un número capicúa me tiene que dar suerte. Nadie me puede argumentar que el 13 y la buena fortuna no casan: yo aprobé oposiciones un martes 13… Algunos alumnos me han dicho cuando se lo he contado: “sí, sí… ¡buena suerte para ti pero mala para nosotros!”

Parece mentira. Cuando me dijeron que me tendrían que someter a ese tratamiento veía ese final lejanísimo, como si no tuviera que llegar nunca. Y hoy ya estoy en el día después. Todavía no voy a lanzar las campanas al vuelo. Esperaré hasta el lunes, por si acaso el achuchón me aprieta un poco más que la última vez. No tiene por qué ser así, entre otras cosas porque tengo la analítica incluso mejor: menos anemia, mejor hematocrito y valores dentro de rango en muchos otros ítems que no sé interpretar. La enfermera me dijo que he hecho lo que ellas llaman “modelo montaña”, con el pico en la cuarta sesión y una mejoría notable las últimas veces.

La verdad es que ayer me fui a la clínica sin estar convencida del todo de que me enchufaran. Supongo que muchos sufristeis el apagón de hasta siete horas en muchas zonas de Mallorca; los que no tenéis la suerte de vivir en esta isla maravillosa, que se colapsa enterita –y arrastra también a Menorca- por un rayo en una central eléctrica gracias a que aquí la energía sigue siendo un monopolio, seguro que os habréis enterado por las noticias. Pues bien, cuando me tocaba entrar la luz aún no había vuelto. Por suerte, la clínica P. es nueva y cuenta con un grupo electrógeno que lo aguanta casi todo.

Las que ya no aguantan más son mis venas. Hasta ahora no había tenido ningún problema para que me pincharan en el brazo izquierdo (el derecho no lo pueden utilizar por ser el de la mama afectada), pero ayer salí hecha un acerico: lo intentaron en la flexura y me rompieron la vena; después le tocó al lateral de la muñeca, con el mismo resultado; a la tercera fue la vencida, y encontraron una vena en la mano que resistió lo justo. Vamos, una sesión más y no me libro del portacath.

El resto fue como siempre: la analítica previa que ya he comentado, los cinco sueros, la visita de la doctora… La perspectiva de que era el ciclo final lo cambiaba todo: era la última vez y puedo asegurar que no lo voy a echar de menos, por mucho que yo sea una mujer de costumbres. Mi doctora estuvo especialmente cariñosa, alabó el ánimo y la actitud con que lo he afrontado y a Biel –que, para no perder nos buenos hábitos, me vino a buscar- le dijo: “Es toda una campeona”. No me siento así, porque no he hecho nada más que lo que me han dicho que haga, aunque debo reconocer que me gusta que me reconozcan algún mérito que no creo haber demostrado. A todo el mundo le gusta lo que en mallorquín llaman "una ditada de mel".

Ahora empieza la tercera parte, entendiendo que la primera fueron las operaciones y la segunda la quimioterapia. Otra vez debo buscarme la vida: tengo que ir a que me firmen una nueva autorización y después llamar a otra clínica, la M., que es la única que hace los tratamientos de radioterapia en Mallorca. Será allí donde, con el informe que me ha preparado la doctora, decidirán cuántas sesiones serán necesarias. Descansaré unas tres semanas y empezaré entonces con la tostadora y el tratamiento hormonal en pastillas que deberé seguir durante cinco años.

Por cierto, ayer por la tarde vi un ratito un programa de televisión en el que rescataron fragmentos de la entrevista que por la mañana Ana Rosa Quintana le había hecho a Mª Teresa Campos. A esta última la habían sometido a una operación, presuntamente de amigdalitis, hace unas cuantas semanas. Al final, ha resultado ser un cáncer. Sabéis que he manifestado muchas veces, en diferentes cuestiones, que ante la enfermedad todo el mundo afronta lo que se le viene encima como puede y sabéis también que soy profundamente respetuosa con todos aquellos que han decidido cosas que yo no haría. Ahora bien, poniendo por delante mi solidaridad de afectada y mis deseos de pronta recuperación, me indignó que Mª Teresa Campos se negara a pronunciar la palabra cáncer. Y lo dijo así, que no quería que saliera de sus labios. Otra vez el tabú. En su caso me parece especialmente grave, porque es una referencia para muchísimas mujeres de este país, que continuarán uniendo inconscientemente cáncer y muerte si no somos capaces de normalizar la enfermedad. Y esa normalización empieza por ser capaces de llamar a las cosas por su nombre, porque es el lenguaje el que nos da la visión del mundo.

Hablando de lenguaje, dejadme que os pida algo que no tiene nada que ver con todo lo anterior. Mi poeta vivo favorito es Luis García Montero. Seguramente habréis leído que ha sido condenado (injustamente condenado, desde mi punto de vista) por injurias a un compañero de departamento que no hace más que soltar disparates por la boca (que Lorca era fascista, por poner sólo un ejemplo). Me gustaría que firmarais un manifiesto de apoyo, porque es una pena que la universidad pierda a uno de sus mejores profesores. Yo he tenido el enorme placer de asistir a dos conferencias suyas, después de la segunda incluso intercambiamos opiniones sobre la docencia, y puedo decir que es un profesor modélico y una persona de una humanidad demostrable. Si os animáis a dejar constancia de vuestra solidaridad, lo único que tenéis que hacer es enviar un correo a la siguiente dirección: apoyoaluisgarciamontero@gmail.com. No os costará nada, él os lo agradecerá y yo más aún. Gracias anticipadas.